Cuando un año termina algo muere, se siente el olor del polvo y la carne seca, sin una gota de sangre ni de hombre... y en esa tortura irritante uno se va despidiendo como loco de todo lo que tuvo y lo que quiso. Los amigos, santos bíblicos, vienen a saludarte con sus trajecitos rojos o verdes y ese no sé qué multigaláctico en la mirada: entre bondad y estrella de reggaetón, un brillo demencial digno de algún libro de autoayuda. Los amigos, ahhh... los amigos cobran su valor supraterrenal y mesiánico, por que a fin de año cuando ese algo está muriendo uno no puede creer que estuvieron ahí y los adora encendiendo velas, inciensos y mirra, para que sigan estando, llamen por telefono, presten plata o te recojan de la miseria a la que te dirigías indefectiblemente. Es así: a fin de año entre el orgullo de lo proyectado y la maravilla de la vida, los pajaritos y los zapatitos rojos... hay un dolor horrendo en la boca del estómago por todo lo que no se hizo o se dejó a medias, con un calor ...
Primera revista de difusión cultural online de Santiago (de primer corte)