Muchos historiadores de la “vieja escuela” e incluso algunos posteriores a la revolución metodológica iniciada por “Los Annales” (1929) catalogan la historia oral como un convidado de piedra en la historiografía. La oralidad no constituiría ningún avance y la palabra no estampada en el papel no tendría validez como fuente por sí misma para la reconstrucción del pasado. No es más que un acompañamiento, con un papel secundario, cuya máxima utilidad debiese ser corroborar el testimonio escrito.
Los investigadores tradicionales rechazan la historia oral, pues consideran más seguro para la reconstrucción de nuestro pasado un documento tangible: “obsesionados por la documentación, se interesan en sus fuentes por tres cualidades que no posee la historia oral: insisten en la precisión formal, resulta importante ver la naturaleza estable de la evidencia, y un documento es un objeto” (Burke, Peter, Danton, Robert; Gwyn Prins. “Formas de hacer historia”).
No obstante esta visión, la...
Primera revista de difusión cultural online de Santiago (de primer corte)