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:: Ensayos de Costilla :: La Historia Oral ::




Muchos historiadores de la “vieja escuela” e incluso algunos posteriores a la revolución metodológica iniciada por “Los Annales” (1929) catalogan la historia oral como un convidado de piedra en la historiografía. La oralidad no constituiría ningún avance y la palabra no estampada en el papel no tendría validez como fuente por sí misma para la reconstrucción del pasado. No es más que un acompañamiento, con un papel secundario, cuya máxima utilidad debiese ser corroborar el testimonio escrito.

Los investigadores tradicionales rechazan la historia oral, pues consideran más seguro para la reconstrucción de nuestro pasado un documento tangible: “obsesionados por la documentación, se interesan en sus fuentes por tres cualidades que no posee la historia oral: insisten en la precisión formal, resulta importante ver la naturaleza estable de la evidencia, y un documento es un objeto” (Burke, Peter, Danton, Robert; Gwyn Prins. “Formas de hacer historia”).

No obstante esta visión, la historial oral ha ido ganando terreno en los últimos años. Incluso, muchos historiadores usan el testimonio oral como fuente única y troncal de sus estudios. La razón es que la historia oral, lo que busca, es precisamente el rescate de los aspectos subjetivos, individuales o sociales en un periodo determinado de nuestra historia, declarar participaciones personales en hechos históricos conocidos, aclarar aspectos oscuros, nuevos puntos de vista, etc., que se inserten en un terreno ya conocido y que pueda documentarse, es decir, confrontarse con las fuentes escritas.

Vemos aquí el primer y más significativo aporte de la historia oral: rescatar del anonimato a ciertos sujetos para reivindicarles su historicidad. Su validez metodológica es que transforma a seres antes desconocidos, ignorados y ubicados al margen del campo de conocimiento histórico, en sujetos con voz y dables de ser recordados.

Con ello, viene el segundo aporte: ensanchar el espectro de estudio de la historiografía e, incluso, democratizar al objeto. Así, cabe preguntarse si la no utilización o desaprovechamiento de esta fuente –que abre una nueva gama de conocimiento– es sólo un prejuicio ante lo nuevo, pues romper con códigos ya establecidos es una tarea bastante dificultosa.



A pesar de estas dos cualidades, el gran problema de la historia oral radica, puntualmente, en la subjetividad con que a ésta se la asocia y, por ende, a su mal utilización o valorización. De esta forma, se explica la poca tolerancia de los estudiosos, y su insistencia en desacreditar esta fuente, llamando incluso a las nuevas generaciones a no tomar en cuenta esta prodigiosa y vanguardista técnica.

ERROR HISTÓRICO

Aquellos historiadores que obran del modo recién descrito obvian y dejan fuera una parte trascendental de este medio. La historia oral, con su riqueza de detalles, su humanidad, su emoción frecuente, y siempre con su escepticismo sobre el quehacer histórico, se encuentra mejor preparada para estos componentes vitales de la tarea del historiador: la tradición y el recuerdo, el pasado y el presente. Ella rescata y reafirma la riqueza en los detalles por ejemplo de la vida diaria, su humanidad y su emoción frecuente. Eso la hace enriquecedora, ya que al utilizarla el relato se torna más vivo, más cercano, más hermoso.

Podemos entonces afirmar entonces que “la historia oral es un método útil para poner de manifiesto cómo la cultura, basada en experiencias cotidianas compartidas, genera, de forma más o menos consciente, un discurso sobre los fenómenos sociales una forma de pensar habitual” (Gil Villa, Fernando; Atón, José Ignacio, año 2000. “Historia oral y desviación”).

Por lo mismo, ¿por qué no es válido considerar la posibilidad de utilizar un relato como fuente para el estudio, más si consideremos que éste representa una realidad histórica para quien la vivió, es decir, para el narrador?

Existe una riqueza enorme en los sectores populares, una riqueza en memorias que fueron experiencias, que pasan a recuerdos y que quedan destinadas al olvido. Si la historia oral puede rescatar la memoria, entonces ¿por qué no hacerlo?



Al decir de Leopoldo Benavides: “Naturalmente la historia oral, considerada como un sistema extractor de recuerdos, de ideas y memorias y destinado al mejor conocimiento de la historia de los sectores populares no puede sino partir de la consideración de la memoria popular. Se trata de reconstruir los hechos o puntos de referencia de la experiencia vital de estos sectores, de mi vida concreta con el fin de devolverlas a un lugar en la historia que ellas contribuyen a realizar”.

En resumen, admitamos que no importa cómo obtengamos la información: tanto la historia oral como la escrita nos puede mentir. ¿Quién nos afirma que ciertos documentos no han falseado su información? Ahora, si la mayoría de los historiadores la rechazan por no creer en ella, es un problema de prejuicio y de poca fe con el informante, pero también con el investigador, quien posee una responsabilidad primordial.

La historia oral nos plantea un problema. Pero así como ocurre con cualquier tipo de fuente, esto sólo implica una mayor responsabilidad para el investigador a la hora de su escrutinio valorativo. Por dicha razón es que al historiador le corresponde estudiar los temas, manejar una buena base de información. La ecuación para lograr una mayor credibilidad es la siguiente: de la mayor o menor preparación y habilidad del investigador dependerá que su trabajo se transforme en un verdadero triunfo o un rotundo fracaso. La fuerza de la historia oral es la de cualquier historia que tenga una seriedad metodológica. Esta fuerza procede de la diversidad de las fuentes consultadas y de la inteligencia con que se han utilizado.

Ahora, al trabajar con la historia oral, usando como técnica de recopilación de datos la entrevista y el relato de individuos, estamos rescatando parte de la memoria social. Este tipo de investigaciones permite traer al presente lo ausente, como se dijo anteriormente. La responsabilidad de la memoria tanto individual como colectiva resulta significativa para la construcción histórica, pues representa la vivencia de personas comunes y corrientes que han vivido en algunas ocasiones situaciones de trauma que de un modo u otro los marca, dando la posibilidad a través de ese suceso que los sujetos se manifiesten.

Es por ello que en el acto de la rememoración, que implica en muchos casos un sufrimiento, permite a la historiografía hacerse cargo de dichos hechos para que en un futuro no olvidemos lo sucedido. Es un llamado de atención que el futuro le reclama al pasado, para que nunca más volvamos a repetirlos.

La memoria es en gran parte recuerdos de costumbres, contemplados no sólo como justificación y trascendencia de determinados personajes (individuos o colectivos) sino que además, su accionar es fuente de vida en sí mismo, lo que constituye la mayor riqueza de dicha metodología: la historia oral.

El mayor problema que presenta el trabajar con la memoria es que esta va de la mano con la subjetividad. La memoria es frágil, nos engaña u omite ciertos datos, pero, debemos confiar que es un método digno de recopilación de información. Así, siempre dejamos de lado un antecedente que dice que “la memoria es un recurso integrador, pero con un sentido pedagógico y ejemplificador muy grande. No es una memoria neutral sino que esta preocupada de extraer lecciones del pasado para evitar cometer errores anteriores, influyendo directamente en las opiniones y comportamientos de estos sectores (políticos y social)”. Además, cabe precisar que esta, “al igual que en el proceso de constitución de documentos escritos, “no registra sino que construye”, situación que se da tanto en la memoria individual con el la colectiva” (Leopoldo Benavides), porque se aprecia aquí la principal base y necesidad que debe tener y responder nuestro trabajo, que tenga un sentido y un fin, el cual servirá como fuente de nuestra investigación; ya sea una indagación escrita u oral.

Es así que para que esta fuente no sea utilizada como un mero acompañamiento, hay variadas formas de que disminuir este problema, consultando por ejemplo con otras personas que han vivido el mismo acontecimiento, utilizar fotos u otros documentos que nos indiquen que el relato no sea del todo incierto, y hagan que nuestra entrevista sea concreta.

Lo que omiten los investigadores escépticos de las bondades que conlleva el uso de la historia oral es que esta esconde una riqueza complementaria única, que es imposible visualizarla en un documento. Incluso, con sus problemas de subjetividad y memoria, da voz a grupos sociales que no tuvieron la necesidad ni la oportunidad de ocupar o aprehender la palabra escrita. Es decir, es útil para los excluidos por la historiografía tradicional: los pequeños hombres que –según se cree comúnmente- nada tuvieron que ver en la construcción de nuestro pasado reciente. Gracias a esta técnica se les hace un puente para que podamos dialogar con sus rememoraciones.



Comentarios

Anónimo dijo…
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