
Crónicas de Mechero
Por un burgués razonable
Con mi polola descubrimos algo que nos emociona hasta un grado que no hubiéramos creído posible: el robo hormiga.
Por supuesto, cada uno lo había practicado por su cuenta antes de conocernos, pero sólo de manera esporádica y sin verdadera pasión. Pero cuando comenzamos a salir, durante largas caminatas nocturnas, descubrimos de golpe que un par de chocolates Snicker en los bolsillos, mientras se pagan los cigarrillos en la caja de algún servicentro, procura no sólo una dosis de adrenalina saludable y necesaria, sino también la sensación de que, de alguna forma, se hace justicia ante una horda entera de vidas miserables y ojerosas.
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Antes de descubrir los beneficios para la salud que aporta el robo, yo había caído en prácticas riesgosas: montado sobre la bicicleta, sin casco, echaba a andar en sentido contrario al tránsito. Cuando me encontraba de frente con un auto, aceleraba hasta constatar la cara de asombro del conductor, solo para doblar justo antes de escuchar el auto que pasaba y los insultos. Carolina, por su parte, tenía tendencia a enfadarse más de la cuenta ante los incidentes de la calle. Todos estos síntomas, y muchos más, desaparecieron el día que comenzamos a robar.
Tenemos un código ético estricto: nunca robaríamos a un almacén, ni a ningún lugar que pertenezca a una persona decente. Nuestro blanco son las Grandes Empresas: Líder, que hace enfermar a sus trabajadores, y una transnacional cuyo nombre prefiero no revelar.
Robar en el Líder es fácil y lo hacemos casi a diario, para tomar la once. Pagamos el pan y la mantequilla. Los quesos, el jamón, los dulces árabes y los chocolates los llevamos en el bolso.
Cada local cuenta con cámaras de vigilancia, fácilmente identificables. Aunque lleguen a parecer inofensivas, siempre hay que tenerlas en cuenta.
La cantidad de guardias puede variar, pero todos comparten la alarma ante subculturas de ropas reveladoras: skaters, punks, hip hoperos. Varias veces los hemos visto discutiendo con adolescentes que hacen mofa de la seriedad con que se toman su trabajo.
A ellos no les quitan el ojo de encima: uno los sigue a través de los pasillos hablando por su walkie talkie con su colega, que sigue la travesía desde el otro extremo. Estos momentos son los más provechosos para quien va vestido con aire de persona decente.
Hay que subrayar que “la facha” (tal como lo entendían nuestras madres y abuelas) es de la mayor importancia. Antes de salir a robar, nos lavamos y nos perfumamos. Los días domingo, salgo con el Mercurio bajo el brazo. Entramos al supermercado tomados de la mano, saludamos al guardia con una sonrisa de reconocimiento y comenzamos nuestra recolección. Tenemos la certeza de que, estando juntos, es casi imposible que nos pillen.
Por supuesto, esto como una droga y, como con ellas, es necesario ir subiendo las dosis para obtener el mismo efecto. Si en los comienzos nos bastaba con un par de barras de chocolate para sentirnos eufóricos y por encima del mundo, ahora necesitamos al menos diez mil pesos: desodorantes, lociones para la piel, pistaccios, los quesos de precio más extravagante. En las vacaciones pasadas, calculamos que, en dos visitas a una cadena de supermercados del sur, nos hicimos con cincuenta mil pesos en mercancía.
Y también está el asunto de los libros.
Esta multinacional que ya mencioné tiene sucursales en todo Chile y también en los países vecinos. Aunque es evidente que su fuerte son los productos de belleza femenina, venden de todo, incluso libros. Estos descansan prácticamente en paz, entre las secciones de adornos para el hogar y la de delicatessen. Hay uno o dos vendedores, que ocasionalmente son distraídos por la pregunta “¿Qué libro me recomienda?”, o algo parecido. Por lo demás, no prestan mucha atención: si los libros están sin que nadie los compre, ¿quién los va a robar?
Curiosamente, no tienen sellos de seguridad. ¿De verdad son tan poco apetecidos? ¿O es más costoso poner los sellos que agregar las pérdidas al margen de gasto? Como sea, sacar un libro es tan fácil como elegirlo, cogerlo con el vigor de un estudiante despistado y caminar hacia la puerta de salida con el aire de planear una reforma universal, o de comprarle un ramo de flores a la polola. La alarma, obviamente, no sonará y el guardia nunca se va a fijar en el libro que llevas bajo el brazo.
Durante un tiempo, robé un libro por semana. Luego comenzaron a escasear los libros de interés. Aún así, me hice con ejemplares de Germán Marín, Susan Sontag, Borges, un libro con retratos tomados por Cartier Bresson, un Taschen con las pinturas de Magritte y algunas de las novedades recomendadas por la crítica literaria. Pensé en robar libros de Isabel Allende y de Roberto Bolaño para venderlos, pero desistí al considerar lo escaso de las ganancias.
Llevamos en esto casi un año y mi polola nunca ha tenido problemas. Yo sí, aunque pude salir bien parado las dos veces.
La primera, cometí el error de robar bajo los efectos del alcohol. En un servicentro, a las tres de la mañana, me eché tres Snickers al bolsillo, sin percatarme del hombre que conversaba con las cajeras. El si me había visto y cuando me acerqué a pagar, me increpó:
¿No va a pagar lo que lleva en los bolsillos?
No llevo nada en los bolsillos.
¡Yo lo vi! Vi como se echaba los chocolates.
Manteniendo la calma, le dije a las cajeras:
Este hombre está loco. Yo nunca haría algo como robar. Este señor está para el psiquiátrico. Disculpen las molestias. Yo sólo pagaré mis cigarrillos.
El hombre no paraba de protestar, aunque una de las cajeras insistiera en que ese robo no las afectaba a ellas y que, de hecho, ya estaba previsto en los gastos del local.
Pagué los cigarrillos y me hubiera podido ir tranquilamente. Pero el hombre me había llenado de rencor. ¿Por qué defendía con tanto ardor al servicentro? ¿Porque tenía que trabajar muy duro para comerse un chocolatito extra y le irritaba que alguien lo consiguiera gratis?
Sin pensarlo, le escupí la cara. Casi instantáneamente recibí un golpe en la cara. Huí rápido, porque no sé pelear, pero antes de salir por la puerta le grité “¡Saco de güeva!”
La segunda y (hasta ahora) última vez que tuve problemas fue hoy, en el Líder:
Hacía el robo habitual para la once, pero esta vez de manera frugal; Carolina no me había podido acompañar y presentía que algo podía salir mal. Sólo me llevé un queso y un chocolate.
Cuando llegué a la caja, había un guardia a mi lado. “¿Va a pagar sólo eso?”, dijo, señalando el pan sobre el pasador. Lo miré con asombro. “¡Ah! ¡Que bueno que me dijo!”, exclamé y saqué alegremente el queso y el chocolate del bolso. “Lo había olvidado completamente.”
El guardia revisó mi bolso. Sólo habían libros y cuadernos. Se retiró tranquilo.
La cajera meneó la cabeza con desaprobación y yo me encogí de hombros sonriendo.
Cuando me preguntó si deseaba donar para el Hogar de Cristo, dije que no.
El guardia estaba junto a la salida. Al pasar, lo miré a los ojos, le sonreí y le dije
-¡Chao! Gracias por todo. ¡Hasta pronto!
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